jueves 28 de febrero de 2008

En la calle nadie silba:

La soledad te puede abrazar en medio de una multitud de extraños. Por algún error en la comunicación, un malentendido o quizás por lo malévola que resulta nuestra humana condición, mientras más “civilizados” somos mas fría se vuelve la ciudad. Esta necesidad compulsiva de limpiar, ordenar, catalogar y separar nos ha levado a urbanizar y lotizar nuestros sentimientos. ¿Qué perdemos cuando desinfectamos todo, para que brille? No se equivoque querido lector, no es que tenga alguna incontenible pasión por la mugre, sólo que a veces me pregunto por algunas cosas (intangibles ellas) que han desaparecido (o están en vías de extinción) en el proceso de (des) integración con la ciudad. Hemos perdido contacto con la emoción y la experiencia de vivir la calle. La prisa y el ajetreo de nuestra vida nos van quitando lenta e inexorablemente la relación no-funcional de un parque, por poner un ejemplo.
Cuando era niño, me pasaba horas en la calle, sentado en la escalera del edificio mirando el suelo, las hormigas o la gente pasar. Intentaba adivinar que estaban pensando, me imaginaba sus vidas, sus ocupaciones y les ponía nombres.
¿Qué ocurre con nuestra mente cuando nuestros recuerdos se desfiguran? ¿Cuando los contornos de nuestros relatos más remotos comienzan a borrarse? ¿Qué ocurre cuando después de correr todo el día, llegamos a casa y ni siquiera podemos reconocernos delante del espejo”
Pero volvamos a la soledad que es el tema que me trajo hasta este punto del relato. La soledad al igual que los recuerdos o que una palmada en el hombro, son inasibles y hacen casi imposible su almacenamiento. Yo voy a intentar conjurar la nostálgica sensación que queda encapsulada dentro de la soledad. Voy a hacerlo a pesar que me parezca una tarea totalmente subjetiva y de difícil clasificación.
El trabajo consiste en proyectar mi sombra durmiendo, sólo. Sentado en una silla, como suelen hacerlo los guardias allá en Perú y voy a usar las paredes de las “casas invisibles” como soporte. Tengo la mala impresión de que mi fracaso como encapsulador de evocaciones es inminente, casi tanto como esperar que la gente silbe en la calle.